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ALEJANDRO GARCÍA: “El futuro del medio rural pasa por ingenieros capaces de integrar sostenibilidad, técnica y territorio”

alejandro garcia masqueingenieros

Alejandro García es graduado en Ingeniería Agroalimentaria y del Medio Rural, una especialidad que combina la técnica con el arraigo a la tierra. Su vocación nace de una conexión personal con el campo, reforzada por su visión práctica y resolutiva. En MasQueIngenieros, Alejandro trabaja en proyectos que van desde infraestructuras hidráulicas y mejoras rurales hasta tramitaciones urbanísticas y ayudas para el sector agroalimentario. Utiliza modelos de producción sostenibles, el uso eficiente de los recursos y el valor añadido de lo local. Su mirada pone en el centro la innovación, la biodiversidad y la dignificación del rol del ingeniero agroalimentario como pieza clave en el futuro del medio rural.

¿Qué te llevó a elegir la Ingeniería Agroalimentaria y del Medio Rural como tu camino profesional?

La elección de la Ingeniería Agroalimentaria y del Medio Rural fue el resultado de la suma de varios factores personales y vocacionales. Desde pequeño siempre me ha atraído el campo y la vida rural, una conexión que me viene de mis abuelos. A esto se unió mi pasión por la montaña y la naturaleza, que reforzaba ese vínculo con el entorno y el medio natural. Además, mi manera de afrontar los problemas y mi visión práctica de las cosas me hicieron ver que estaba destinado a seguir un camino en la ingeniería. Tras muchas dudas y conversaciones, un buen amigo me aconsejó con total seguridad que la Ingeniería Agroalimentaria ofrecía un abanico de oportunidades tan amplio que sería la mejor elección para mi futuro, y así lo confirmé con el tiempo.

¿Cómo describirías la relación entre la producción agroalimentaria sostenible y los retos medioambientales actuales?

La producción agroalimentaria sostenible y los retos medioambientales actuales son dos conceptos que necesariamente van de la mano. Durante años, la agricultura tradicional evolucionó hacia un modelo intensivo que, si bien permitió incrementar la productividad, también supuso un uso excesivo de insumos y la generación de subproductos que derivaron en impactos negativos sobre el entorno. En la actualidad, el sector agroalimentario se enfrenta al desafío de mantener altos niveles de producción sin recurrir a ese abuso de recursos, apoyándose en el conocimiento técnico y en una gestión más eficiente de cada cultivo y proceso. Los retos medioambientales, como la escasez de agua, el cambio climático o la degradación del suelo, inciden de manera directa en la agricultura, lo que obliga a replantear estrategias y apostar por prácticas que aseguren la viabilidad del sector en un futuro con mayores necesidades.

¿Cuáles han sido tus proyectos más significativos hasta ahora y qué aprendizajes te han aportado?

A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de participar en proyectos muy diversos, desde obras hidráulicas como balsas de riego hasta mejoras en caminos rurales, pasando por proyectos urbanísticos vinculados a Declaraciones de Interés Comunitario y la tramitación de ayudas para industrias agroalimentarias. Entre todos ellos, destacaría especialmente el proyecto de una balsa para la recogida de aguas de lluvia en Mosqueruela, que supuso un importante reto técnico de diseño y dimensionamiento, y el conjunto de proyectos urbanísticos asociados a las Declaraciones de Interés Comunitario, un ámbito en el que la empresa ha logrado consolidarse y diferenciarse. En general, esta variedad de proyectos me ha permitido crecer de forma muy significativa, tanto en conocimientos como en el desarrollo de capacidades técnicas y de gestión. Todo ello me ha aportado un gran aprendizaje profesional que, además, me reconforta a nivel personal.

En tu opinión, ¿qué papel juega la tecnología en la modernización del sector rural y agroalimentario de la Comunitat Valenciana?

En la Comunitat Valenciana, la estructura agraria se caracteriza en gran medida por el predominio del minifundio, lo que dificulta la implantación de tecnologías de última generación, especialmente en lo que respecta a maquinaria avanzada cuya amortización resulta compleja en explotaciones de pequeñas dimensiones. Aun así, el progreso tecnológico en el sector agroalimentario es inevitable, como en cualquier otro ámbito, y está permitiendo avanzar hacia una mayor productividad y una gestión más eficiente de los insumos. En las grandes explotaciones agrícolas de la Comunitat, la tecnología ya desempeña un papel fundamental, con sistemas de riego inteligente, digitalización y mecanización avanzada. En cambio, en las zonas de cultivo más tradicionales y fragmentadas, la realidad es diferente, ya que la producción se apoya todavía en prácticas manuales o semi mecanizadas donde la tecnología ocupa un papel secundario, e incluso inexistente en algunos casos.

¿Cómo ves la integración de buenas prácticas agronómicas con la protección del paisaje y la biodiversidad?

La agricultura forma parte inseparable del paisaje y, al mismo tiempo, constituye un elemento clave en la biodiversidad, por lo que resulta plenamente compatible con la aplicación de buenas prácticas agronómicas. Desde el punto de vista visual y territorial, cada vez es más habitual que los proyectos técnicos en suelo no urbanizable incluyan estudios de integración paisajística orientados a proteger el entorno y su percepción estética. En el plano productivo, aunque todavía predomina el modelo intensivo, se observa una tendencia creciente hacia la implantación de buenas prácticas agrícolas que favorecen un uso más racional de los recursos y una mayor armonía con el medio natural. Esta integración, en definitiva, permite conjugar la productividad con la conservación del paisaje y la biodiversidad.

¿Qué retos específicos crees que afrontan los jóvenes ingenieros agroalimentarios hoy, tanto en zonas rurales como urbanas?

Los jóvenes ingenieros agroalimentarios afrontamos hoy retos de gran magnitud que pueden analizarse desde distintas perspectivas. Por un lado, desde las propias necesidades productivas del sector: la creciente demanda de alimentos derivada del aumento de la población mundial, unida a las limitaciones de recursos naturales y a un contexto climático cada vez más adverso, convierten nuestra labor en un desafío mayúsculo. Todo ello hace que la profesión tenga un gran futuro por delante, aunque paradójicamente todavía no sea una de las más demandadas.

Por otro lado, existe el reto de dar a conocer y poner en valor las competencias reales del ingeniero agrónomo. A menudo la sociedad lo identifica únicamente con el ámbito agrícola más tradicional, lo que se traduce en comentarios como “yo tengo tomates en mi casa” o “yo tengo un campo de olivos”. Sin embargo, la profesión va mucho más allá: un ingeniero agrónomo es capaz de proyectar infraestructuras, gestionar documentación para la tramitación de ayudas, desarrollar proyectos contra incendios en industrias, proyectos para actividades en suelo no urbanizable y aportar soluciones en ámbitos muy diversos. Transmitir y difundir este amplio abanico de capacidades constituye, sin duda, uno de los grandes retos para las nuevas generaciones.

¿Cómo gestionas la transferencia de conocimiento entre el mundo académico y la práctica real en campo?

Las diferencias entre el mundo académico y el mundo laboral son abismales, especialmente en una profesión con tantas posibilidades como la Ingeniería Agronómica. El conocimiento teórico adquirido en la universidad sirve para construir una base sólida, mientras que las exigencias del entorno académico ayudan a entrenar la capacidad de análisis y resolución de problemas, dotando al estudiante de las herramientas necesarias para plantear soluciones técnicas.

El sistema académico proporciona una formación esencial que culmina con la obtención de un título de grado o máster, que acredita los conocimientos y competencias adquiridas. Ahora bien, es en el mundo laboral donde esa base académica se pone a prueba, enfrentándose a problemas reales que forjan y te ponen a prueba para crecer. Con esfuerzo e iniciativa, la experiencia profesional consolida la capacidad de desarrollar una labor efectiva y valiosa en el sector. En este camino, MasQueIngenieros me está brindando la oportunidad de crecer de manera significativa, lo cual agradezco enormemente, ya que me permite desarrollarme como ingeniero y seguir aprendiendo día a día.

¿Qué modelos de producción agroalimentaria te parecen más viables o eficientes de cara al futuro y por qué?

De cara al futuro, considero que coexistirán distintos modelos de producción en función de las necesidades y de las demandas de los diferentes grupos de la sociedad. Por un lado, la agricultura sostenible irá ganando peso, especialmente entre los consumidores más concienciados con el medio ambiente, dispuestos a asumir un coste algo mayor a cambio de estos productos.

Por otro, sistemas como la hidroponía tendrán un papel relevante, ya que permiten optimizar al máximo el uso de insumos, equilibrando la productividad y reduciendo la dependencia del suelo como factor limitante. Asimismo, la producción de variedades locales puede consolidarse como un modelo de valor añadido, dirigido a consumidores que buscan productos de proximidad, a la alta gastronomía e incluso al turismo rural.

Todo ello coexistirá con la agricultura intensiva, que seguirá siendo necesaria para abastecer a una gran parte de la población mundial, aunque adaptándose mediante técnicas innovadoras y alternativas que reduzcan su impacto ambiental y mejoren su eficiencia.

¿Cómo afrontas los desafíos logísticos y de comercialización que tienen los productos agroalimentarios locales o de pequeño tamaño de producción?

La clave para afrontar los desafíos logísticos y de comercialización de los productos locales o de pequeña escala está en identificar con claridad los mercados potenciales y diferenciarse mediante la creación de productos que respondan a esas demandas específicas. En mi opinión, los productos locales, deben orientarse principalmente hacia mercados de proximidad, apoyándose en la venta directa, los mercados tradicionales, la gastronomía de la zona e incluso el turismo rural. No se trata solo de vender un producto, sino de ofrecer una experiencia completa: acercar al consumidor al lugar de producción, transmitir el cuidado manual y el sabor único de un alimento recién recogido y, en definitiva, vender también una forma de vida. Este valor añadido es precisamente el eje de diferenciación frente a otros productos más estandarizados. Sin embargo, cuando la comercialización se orienta a crecer únicamente en volumen y a cadenas logísticas largas, se corre el riesgo de desvirtuar esa autenticidad que le otorga valor. Por ello, la viabilidad de estos modelos pasa por estructuras logísticas más cortas y eficientes, bajo esquemas del tipo “de la huerta a la mesa”, lo cual resulta más factible en áreas próximas a grandes ciudades. En definitiva, son conceptos puntualmente compatibles y con potencial, siempre que se logre preservar la esencia diferenciadora del producto local.